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El mundo de los loas y la práctica del vudú en Haití

11 agosto, 2018 Isabel Soto

El vudú condiciona la visión del mundo de la mayoría de los haitianos y su relación con lo intemporal, similar al protestantismo y al catolicismo.

Sin embargo, a diferencia de esos credos, no se fundamenta en normas o valores prefijados por texto alguno.

Los practicantes del verdadero vudú asumen que sirven a un misterio (sévi misté), un loa o a un ángel (zand) y siguen pautas trazadas desde la Colonia.

Ese conjunto de espíritus o loas, creados por un dios supremo, controla los fenómenos terrestres y pueden poseer a su servidor.

Es decir, se desarrolla una situación de trance calificada como “montar” al creyente.

Esta alude al chwal o caballo.

A pesar de que los loas se manifiestan a través de animales o personas comunes, el imaginario popular cree que ellos viven en lugares especiales.

Estos son Guinea o África, entendidos como un espacio mítico sin precisión geográfica, bajo las aguas, en las montañas y en los cementerios.

El mundo de los loas

La multiplicidad de los loas determina la variedad de formas de clasificación según su origen, sus virtudes o su poder.

Los atribuidos a la vertiente más ortodoxa del vudú, que prioriza los ritos del antiguo reino de Dahomey o Benin, son africanos.

Y los criollos atañen a la vertiente más común, conocida como Makaya, en la que los líderes son mayoritariamente hombres.

También existen las categorías de Loa Guede y marasa (gemelos).

Los primeros reflejan el culto a los ancestros, una práctica común en el ritual del vudú y en todas las religiones de origen africano.

En tanto, los segundos son considerados espíritus de niños muy exigentes y vengativos.

Peregrinaciones, fiestas patronales (de la Iglesia Católica), los sévis o servicios (una especie de ceremonias festivas donde se les brindan sus platos preferidos) son las exigencias más comunes de los espíritus a sus seguidores.

Una de las singularidades de esta práctica religiosa es que a esos numerosos loas se les atribuye defectos y virtudes similares a los de los seres humanos y cada uno de ellos tiene sus preferencias alimenticias, de vestuario, colores y hasta de sacrificios.

Ezili es la femeneidad, ideal en belleza, coqueta y extravagante, amante de las prendas y de los licores, mientras Ogún es el militar y las personas a las cuales posee reflejan cierta agresividad en sus ademanes y adornos. De ahí que siempre vayan acompañados de un machete.

Dambalah cobra forma de serpiente, por lo que los poseídos por ella muestran una extraordinaria agilidad para arrastrarse por el suelo.

Y realizan movimientos sinuosos, al mismo tiempo que el viejo sensual y engañador Legba camina con un bastón y lleva un saco a la espalda.

Desde el punto de vista simbólico, los loas se revelan como fuerzas de la naturaleza, entre ellos los cambios atmosféricos.

Y son sincretizados en muchas ocasiones con reproducciones de estatuas o pinturas que representan santos de la Iglesia Católica.

Ritual de iniciación

Para ser considerados adeptos, los practicantes del vudú deben someterse a un ritual de iniciación.

Este es presidido por una sacerdotisa (mambo) o por un sacerdote (houngan), salvo que desde la niñez haya sido reclamado por un loa.

El ritual de iniciación, extenso y complejo, posibilita a los devotos acceder a diferentes grados de poder.

Al mismo tiempo, otorga profundidad en la jerarquía del vudú, término que proviene del idioma fon, hablado en Benin.

Ello significa espíritu o conjunto de espíritus.

 

 

 

 

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