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Números que engañan

11 febrero, 2017 Carlos Morales

Las estadísticas sobre las muertes violentas pueden decirnos mucho, pero quizá no nos digan todo y, menos, la verdad.

No cabe la menor duda de que la violencia sigue siendo una de las principales preocupaciones de los guatemaltecos. Aun cuando las cifras, expresadas en la llamada tasa de homicidios, dicen que la situación ha mejorado sustancialmente, personalmente no termino de creer cuán cierto pueda ser eso.

Por supuesto que si vemos los números, la verdad pareciera estar del lado de los que emiten tales aseveraciones. Por ejemplo, se habla de una caída de 19 puntos en esa tasa, pues para el año 2008 la cifra se ubicaba en 46 muertes violentas por cada 100 mil habitantes. Al cierre de 2016, esa misma cifra se ubicó, según las estadísticas, en 27 muertes violentas por cada 100 mil habitantes.

En definitiva, eso es algo interesante, pero sobre todo esperanzador para un país que se ha visto sumido en la violencia, primero producto de un enfrentamiento interno y luego, de la delincuencia.

Estoy de acuerdo en que la situación ha estado marcada por un mejor trabajo y coordinación de las fuerzas encargadas de combatir a la delincuencia. Al menos en los últimos dos años ha habido más ataques a los grupos delincuenciales que los que pudo haber durante los 10 años anteriores a 2015. Se han registrado capturas de capos del narcotráfico, se han desarticulado bandas de extorsionistas y también ataques a pandillas juveniles, que generan terror en los sectores en que operan.

Pero aún así, sigo sin convencerme de que la situación realmente haya cambiado tanto. Y lo digo porque cuando se observan las cifras absolutas y no los promedios o tasas, las cantidades de guatemaltecos muertos por causas violentas no ha caído más que una unidad diaria.

Alguien me dijo que una vida es una vida. Y tiene toda la razón. Por supuesto que así es. Pero, con el respeto que me merecen las víctimas, ese frío número se vuelve nada si lo queremos comparar con que de 46, hayamos caído a 27 homicidios por cada 100 mil habitantes. Para las autoridades el uso de estos números es beneficioso, pues suena a casi un 50 por ciento menos. Sin embargo, al verlo en términos absolutos, la realidad es que pareciera que nos hemos estancado en un punto en el que la delincuencia parece sacarle ventaja a quienes deben controlarla. Si en 2008 había 16 muertos diarios, las cifras nos dicen que 9 años después hay 15 muertos cada día.

Que haya uno menos, por supuesto que es algo bueno. Pero me pregunto si es esperanzador. Más bien me parece que estamos estancados en un círculo dominado por la delincuencia. Hablamos de una situación verdaderamente crítica, en la que no quiero consolarme con pensar que hay países como Honduras y El Salvador, que están en peores condiciones.

Quiero pensar que en Guatemala se puede hacer algo. Que podemos salir adelante. Que podemos salir a la calle sin temor, que podemos subirnos a un autobús sin temor. Que podemos dejar a nuestros hijos caminar por las calles, sin estar pensando en que algo malo les puede suceder.

Volver a caminar por las calles de la ciudad, sin temores, de verdad que sería algo realmente interesante y maravilloso. Lamentablemente, no sucede. Pero sí se habla de que la situación mejora. Y allí es donde no estoy de acuerdo, porque solo hemos mejorado en promedios, gracias a que la población crece más rápido que cualquier otra variable. Esa aceleración es, para mí, la que ha permitido que la tasa de homicidios caiga de 46 a 27 por cada 100 mil habitantes.

Y de verdad que para nada quiero ser pesimista, pero no me gusta que quieran magnificar lo que no se lo merece. A ese paso, ¿cuánto tardaremos en tener cifras como un muerto al mes o uno al año?

Lo que quiero transmitir es la urgente necesidad de que las autoridades piensen que la lucha no debe ser exclusiva contra la corrupción, pues aunque es plausible, no es el único mal que complica la vida de los guatemaltecos.

La lucha debe ser diversificada en todos los órdenes necesarios para que la población pueda vivir en paz y tener menos preocupaciones. No vivir con el temor de que puede salir de su casa, sin saber si retornará.

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