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Lo bueno, lo malo y lo feo

1 julio, 2017 Roberto Ardon

El modelo europeo y nuestra Centroamérica.

Como el famoso western de los años setenta, dirigido por Sergio Leone, he decidido nombrar a esta columna como “Lo bueno, lo malo y lo feo”, resumiendo así lo que he encontrado al hacer la comparación entre los modelos sociales y culturales de los países de Europa y el del nuestro, Guatemala.  

Pienso que es oportuno hacer la reflexión, pues muchos de estos países son activos promotores de su modelo a través de una muy agresiva cooperación, es decir, recurriendo a lo que los politólogos llaman el Soft Power.

Primeramente, hay que destacar cosas positivas. El orden. Son sociedades que han llegado a desarrollar una cultura de apego a las normas, que van desde el absoluto respeto a la autoridad hasta el cuido del peatón o las personas con limitaciones físicas. La presencia de una red muy amplia de servicios sociales e infraestructura delata, por otro lado, que han sabido construir una presencia estatal importante –que hoy notamos en falta en nuestro país–, producto de una fiscalidad sana y fuerte. Ello se traduce en una red de protección social efectiva.

La integración territorial es también otro factor a resaltar: el acuerdo de Schengen ha provocado esa libre movilidad entre países. Esto sigue siendo un sueño imposible en nuestras latitudes, inclusive en la mismísima Centroamérica, donde una mentalidad parroquiana ha impedido que desaparezcan las fronteras.

Pero todo bueno tiene su malo. Un “modelo extractivo”, es decir donde cada vez se demandan más servicios sin que haya más de aquellos que los pagan –digamos las empresas–, suele generar tensiones importantes.  

Basta ver lo que sucede dentro de los mismos países o en la Unión Europea como región, para ver que aquellas economías que más aportan y que estimulan mejor a sus empresas, resienten ya las sedientas demandas de aquellas sociedades que solo representan cargas. 

Un modelo de perinola, donde cada vez más “todos toman” y hay menos con qué aportar, suele ser una bomba de tiempo.  

Por otro lado,  pienso que se ha tenido dificultad para llevar un proceso de integración social y cultural exitoso. Con los flujos migratorios masivos y el choque de culturas, no ha habido una respuesta uniforme efectiva y por ello se producen los quiebres sociales, la marginación y el terrorismo. El debate entre asimilación o modelos de convivencia separados, no ha sido resuelto.

Finalmente, lo feo. En nombre de una vaga espiritualidad laica, muchas sociedades europeas han abandonando las iglesias y la fe. Hoy, las catedrales pasan de templos a museos y una especie de corriente atea, con más sabor a soberbia que a un propio sentido de la vida, campea entre las nuevas generaciones. Religión y fe es convivencia, comunidad e identidad y perderla significa renegar de su misma esencia. 

Por último se constata una fijación que llega a los límites de lo razonable, con los modelos alternativos de vida, sexualidad y familia. De un tema de no discriminación  se ha pasado a una agenda política que celebra y presenta como referente un estilo de vida alejado de la estabilidad familiar, la complementariedad de sexos en la familia, la procreación y el pudor. Una rara mezcla de ira, dolor, enajenación, perversión y culpa se puede leer en las campañas y marchas de algunos grupos que atacan sistemáticamente a los valores sociales sobre los que se ha fundado la civilización, y que por otro lado se dedican a promover la excepción como la norma. 

Nosotros en Guatemala tenemos una identidad propia forjada. Debemos cuidarla y para ello habrá que tomar lo bueno, de la experiencia de los otros, habrá que aprender de lo malo y habrá que prevenirse de lo feo.

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