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Inocencia interrumpida, el dolor por las niñas le devuelve la voz a la plaza

11 marzo, 2017 Anamaria Arroyo Diario Digital

Cuando estaba en básicos se incendió un hogar de niños en Chimaltenango. En el colegio en el que estudiaba hicieron recolecta y un grupo de niñas fuimos a dejar los insumos. Recuerdo haber ido a la sala donde se originó el incendio y vi, entre las camas quemadas, unos muñecos de peluche carbonizados.

Esa vez había sido un accidente, esta vez, el incendio que cobró la vida de más de 30 adolescentes, no lo había sido y los guatemaltecos lo tienen claro.

Foto: Anamaría Arroyo.
Foto: Anamaría Arroyo.

Voces unidas

El incendio ocurrido el 8 de marzo movilizó a la ciudadanía. La población quiere justicia, no hay peor muerte que la de un inocente y la gente lo sabe, creo que por eso la organización  para una protesta espontánea fue casi inmediata. El conteo de muertes subió mientras transcurrió el día y eso solo sirve para que más personas se unan.

Frente a Casa Presidencial

Estaban convocados a las 18:00 horas, llegué una hora después, habían dos grupos. Uno en la Plaza de la Constitución y el otro frente a Casa Presidencial. Frente a las puertas había una gran conmoción. Había un megáfono que se rotaba entre gritos y consignas. En plena calle había un altar y en la acera pintaron siluetas de niñas y de manos.

Foto: Anamaría Arroyo.
Foto: Anamaría Arroyo.

Gente de toda clase, de todas las edades, vestidas de todas formas, todos estaban unidos gritando justicia, la indignación era palpable entre la gente. Los nudos en la garganta eran parte del uniforme que todos llevábamos. Era como las protestas contra la corrupción de 2015, pero en los gritos no había enojo, había dolor.

Foto: Anamaría Arroyo.
Foto: Anamaría Arroyo.

Poco a poco las muestras se fueron juntando. A la par de las siluetas depositaron muñecos de peluche que llevaban puesto un tape con varias profesiones. “Economista, enfermera, abogada…” todo lo que estas niñas pudieron llegar a ser, sueños que no se cumplieron porque murieron al exigir un mejor trato.

Foto: Anamaría Arroyo.
Foto: Anamaría Arroyo.

En las paredes, en lugar de pintas, colocaron carteles improvisados. Cartas escritas en hojas de papel bond al mandatario “La culpa es de todos, Guatemala arde, ¡Justicia!” “Este cuerpo: No se quema, no se viola, no se mala. #FueElEstado”

Más gente se iba uniendo a los gritos y a las muestras. Más veladoras se encendían. Decidí ir a ver a la plaza y regresar después.

Foto: Anamaría Arroyo.
Foto: Anamaría Arroyo.

Frente al Palacio Nacional

En la Plaza había un silencio casi sepulcral. Parecía un velorio, si acaso no lo fuera. Entre el olor de flores y velas, lo único que diferenciaba uno del otro eran las pancartas. Varias veladoras tenían su tradicional vaso con agua.

“Si fuera una de sus hijas, sería diferente la cosa”, leía una de ellas. Otras tenían corregidos el número de muertes, dos o más veces. 303132, 33. Un grupo de personas bordaba sobre trozos de manta “Lo siento” con hilo rojo. A lo largo de la noche llegaron a dejar coronas y arreglos florales. Era un auténtico funeral.

Foto: Anamaría Arroyo.
Foto: Anamaría Arroyo.

El sentimiento era el mismo para todos. “Las cosas no pueden continuar así”, era el sentimiento de los carteles.  Alguien había llevado pequeñas casitas que colocaron en la base del asta de la bandera. Aquí también habían muñecos de peluche. Recordé los que vi cuando visité la casa cuna hace varios años, algo que trataron con tanto amor se quedó como un testigo de su niñez interrumpida.

El presidente Jimmy Morales se encontraba en el Palacio dando una conferencia sobre el tema. En algún momento la desesperación embargó a todos. El silencio paró. Los gritos comenzaron. En el zaguán del Palacio los asistentes a la protesta comenzaron a gritar.

Foto: Anamaría Arroyo.
Foto: Anamaría Arroyo.

“Justicia”, era la palabra común, pero habían tantas otras. “Este cuerpo es mío, no se viola, no se quema, no se mata.” Los gritos estaban impregnados de rabia y dolor. Habían ojos húmedos por todos lados. Hacían bulla con sartenes, con gritos y tambores.

Llegó un momento en que la gente comenzó a pedir que el presidente saliera. “Salí cobarde, el pueblo está que arde”. Agarraron la puerta, empezaron a golpearla y jalarla. Querían abrirla, auténticamente querían abrirla con rabia y pedir que se hiciera algo, la herida es profunda y el dolor del pueblo es mucho.

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En la madrugada del viernes 10 de marzo algunas veladoras seguían ardiendo, como la indignación de la gente.

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