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Hay reformas y reformas

24 mayo, 2017 Mauricio Chaulon

Según el Diccionario de la Real Academia Española, reforma se define como “Aquello que se propone, proyecta o ejecuta como innovación o mejora en algo”. Y en la misma fuente, reformar se define como “Modificar algo, por lo general con la intención de mejorarlo”.

Cualquiera diría, por consiguiente, que una reforma siempre es para mejorar. El problema radica en que los significados y sus significantes idiomáticos son más complejos en la realidad concreta, y más cuando se trata de la realidad social. Pongamos ejemplos claros para la historia de Guatemala, país que se ha movido entre muchas reformas y a pesar de ello las transformaciones cualitativas para que las mayorías mejoren no se observan.

Los denominados conservadores reformaron varios elementos estatales con el objetivo de fortalecer su idea de república y no de federación. Sin embargo, el poder real siguió siendo de los criollos hacendados y culturalmente de la Iglesia católica. El reformismo ilustrado en relaciones de economía de hacienda no cuajó, y aunque se vieron avances sobre todo en la apertura del Puerto de San José y en el impulso a las artes aquello no fue suficiente.

Las condiciones generaron desavenencias con los denominados liberales. Luego de la victoria militar de 1871, éstos iniciaron lo que en la historia conocemos como Reforma Liberal. Incluso ellos mismos le denominaron “Revolución”. Pero lo que en realidad reformaron a través del marco jurídico constitucional y del ejercicio del poder fue la tenencia de la tierra, las relaciones riqueza-capital-trabajo y las vías de financiamiento.

Aplicando el positivismo lógico y el utilitarismo establecieron alianzas con los acumuladores criollos y ampliaron el modelo de oligarquía como clase dominante. Así como afincaron los latifundios, se afincó también un régimen racista de servidumbre y un Estado finquero oligarca, dependiente al mismo tiempo del capital internacional. Las reformas hicieron un país semi feudal hacia adentro y capitalista hacia afuera por el circuito de las mercancías, principalmente el café. Ese fue el “gran logro” de la modernidad para la Guatemala de 1871 a 1944. Y debemos aclarar que dichas reformas no evitaron la subordinación desde inicios del siglo XX a la esfera de influencia estadounidense ni las dictaduras cabrerista y ubiquista. Es más, las reforzaron. Y se reforzó también el racismo y la explotación.

Después del derrocamiento de Jacobo Árbenz y por ende del proceso revolucionario, el anticomunismo derogó la Constitución de 1945 y en un lapso de 30 años hizo tres constituciones más. Muchos utilizaron el término “reformar”. Y cada reforma era una vuelta de tuerca para asegurar el establishment. Por supuesto que la direccionalidad de la hegemonía estadounidense siempre estuvo presente. He hizo funcionar el Estado terrorista contrainsurgente.

Hoy resulta que hay “reformas” que se están “discutiendo” en el Congreso de la República. Y hasta resulta que hay quienes lo ven como una “lucha de bandos”, tal y como el señor Luis Guillermo Velásquez lo hace en su columna “Panorama político: inmovilistas, indecisos y reformistas (1)”, publicada en Plaza Pública el 11 de mayo recién pasado. La miopía histórica, las suposiciones inducidas y tendenciosas, la falta de investigación y acercamiento a los sujetos, así como los análisis taxonómicos positivistas hacen mucho daño, porque el autor deja entrever (y otros muchos otros que también están dentro de la corrección política actual y con intereses evidentes de opacar y censurar la crítica radical) que quienes pertenecemos al Grupo Intergeneracional somos una especie de “indecisos”, “falsos radicales” e “intransigentes”. Todo esto porque nuestra posición a las reformas no es lo que la corrección política indica cómo y qué debe ser. Y el señor Velásquez ni siquiera se ha acercado a tener conversaciones serias con el Grupo Intergeneracional sino que sólo lanza su diatriba sin recursos serios de debate.

Aquí el problema no es de bandos, ni de un sí o un no dicotómicos. Aquí el problema es de relaciones sociales históricamente establecidas. La única reforma profunda fue la Reforma Agraria, quedándose muy corto el término porque a la larga ése sí que era un proceso revolucionario. Y veamos cómo los poderes locales y extranjeros la destruyeron y lo que esto ocasionó para la historia del país. Aquí lo que debemos plantearnos es la discusión seria, el debate crítico y el trabajo colectivo para que las transformaciones en objetivo de mejoras sociales sean desde los pueblos. El problema es que aún no logramos ponernos de acuerdo las mayorías interesadas porque los poderes tradicionales dominan y hegemonizan el escenario. Y eso incluye al capital internacional, a la cooperación, y, por supuesto, a la clase dominante interna y sus adláteres. Es decir, que estamos ante un momento en que de nuevo se plantean reformas pero sin la participación de la base social intercultural, campesina y popular. Y lo peor es que ahora se suma la corrección política a decirnos que si no hemos tomado ninguna decisión somos “falsos radicales” o “deshonestos”. La organización desde debajo de nuevo se queda sin participar. Y mientras los mismos dirijan, decidan y hagan estaremos ante un reformismo limitado que sólo provoca peleas por administrar la nueva estrategia geopolítica. Si algunos se conforman con eso, pues que ahí les baste. Para nosotras y nosotros, radicales, la historia nos exige análisis crítico y mayor organización.

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