ACTUALIDAD

Emil, Óscar y Carlos

22 febrero, 2017 Mauricio Chaulon

El irrespeto a la vida en Guatemala es una constante. La violencia estructural, es decir aquella que tiene causas económicas y sociales profundas debido a las condiciones de desigualdad, permanece. Históricamente, el Estado y los grupos de poder la han ejercido a su antojo y han provocado una cultura de violencia, la cual se activa en cualquier momento y por cualquier situación. Y va en contra de cualquier persona también, siendo, como siempre, los y las más vulnerables quienes más la sufren. Vivimos, en síntesis, bajo condiciones de riesgo absolutas desde las que podemos resultar afectados y afectadas física, mental, emocional y espiritualmente, muchas veces sin posibilidades de recuperación. La muerte trágica, por hechos violentos, campea entre nuestras relaciones con la mayor naturalidad.

Aquí se mató y se sigue matando por intereses económicos. El Estado oligarca-anticomunista-militar-contrainsurgente-terrorista desapareció hombres, mujeres, niñas, niños, ancianas, ancianos. Arremetió contra poblaciones indígenas enteras, en un genocidio y etnocidio brutales (¡qué genocidio y etnocidio no lo son!) que ahora pretenden cobardemente negar. Ya el Estado liberal-oligarca-finquero cafetalero había desestructurado cualquier posibilidad de organización comunitaria en muchos lugares de Guatemala, en nombre de la acumulación de unos cuantos. Esos unos cuantos construyeron las relaciones de dominación que hegemonizan a la sociedad guatemalteca. Explotan infantes en el trabajo de servidumbre que prevalece en el agro y son los responsables del empobrecimiento y el estancamiento de esto que llamamos país. Han consolidado una política de dependencia al capital estadounidense y eurocéntrico, por lo que los imperialismos también han aplicado sus estrategias de violencia sobre nosotras y nosotros. Más de 45 mil desaparecidos y desaparecidas, cientos de miles de torturados y torturadas, más de doscientos mil muertos y muertas, una diáspora enorme de refugiados y refugiadas es el saldo terrible de la violencia de la guerra en Guatemala, provocada por las graves contradicciones del sistema dominante. Eso agudizó dicha cultura de violencia, y cada víctima –así como cada victimario- tienen nombre y apellido. Uno de ellos cumple 35 años de haber sido desaparecido.

A Emil Bustamante López, médico veterinario egresado de la Universidad de San Carlos de Guatemala, lo secuestraron el 13 de febrero de 1982 en la ciudad capital. Fue dirigente estudiantil y luchador social. Como muchos y muchas, estaba dispuesto al compromiso por las transformaciones de esas condiciones horrendas a las que me he referido. Fue salvajemente torturado en el Cuartel de Matamoros y visto por última vez el 23 de febrero de 1982. Cuando el general genocida José Efraín Ríos Montt llegó al poder mediante un golpe de estado, no se supo más de Emil. Él constituye uno de los rostros de la violencia magnificada en la barbarie de la hegemonía capitalista, oligarca y militar anticomunista.

En Guatemala, se sigue secuestrando, se sigue torturando, se sigue matando. Se trata, incluso, de un medio de vida. Las características estructurales del sistema socioeconómico y la guerra produjeron secuestradores, torturadores y asesinos de primera línea. También transfirieron la violencia a otras y otros que hoy se integran en organizaciones criminales diversas, aunque no hayan tenido participación en dicha guerra. Muchos operadores materiales e intelectuales de lo criminal en la Guatemala actual, fueron (o siguen siendo en varios casos) militares, policías, patrulleros de autodefensa civil, comisionados del ejército, guardaespaldas, agentes de inteligencia militar. Trabajan para sí mismos, dirigen pandillas y están ligados al narcotráfico, la esclavitud sexual, los “coyotes” en la tragedia migratoria y bandas de asaltantes. También son operadores de corrupción pública y privada. Son del tipo de criminales que secuestraron a Emil y lo vejaron y lo desaparecieron. Son el tipo de criminales que secuestraron, torturaron y asesinaron a Óscar Armando Top Cotzajay –de 11 añitos- y Carlos Daniel Xiquim –de 9 añitos- entre el viernes 10 y el lunes 12 de febrero de 2017. Emil tenía 32 años, un adulto joven. Óscar y Carlos eran unos niños. Los tres, en distintos momentos, son víctimas de una violencia continua y en escalada. Sobre lo sucedido a estos tres seres humanos que no le hacían daño a nadie, tiene toda su responsabilidad este perverso sistema.

Comentarios

comentarios



RELACIONADOS