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El comercio y los impuestos

27 abril, 2017 Carroll Rios

Debemos aplaudir las transacciones comerciales, hacerlas prósperas, multiplicar las experiencias y fortalecer las instituciones que las facilitan.

Nada tiene de malo y mucho tiene de bueno, el intercambio voluntario entre dos o más personas de bienes y servicios lícitos, como por ejemplo: cardamomo, ajonjolí, banano, palma, carne, mariscos, desechos y muchas otras cosas más. Es maravilloso que existan mercados incluso para la basura. Gana el productor y vendedor, gana la cadena de compradores y ganamos los consumidores nacionales e internacionales. Juntos, todos estos actores protagonizan una dinámica de creación de riqueza. En los mercados abiertos, poco interesa el tamaño de la empresa, la nacionalidad y otras características de los actores: interesa la calidad del producto, la eficiencia, la honorabilidad y la confiabilidad de las partes.

Son estas actividades las que ponen la comida en el plato de los hogares guatemaltecos, y que permiten a los padres de familia mejorar la calidad de vida de los suyos. Son estas iniciativas las que nos van sacando de pobres.

Empero, una sombra fiscal empaña este panorama esperanzador. Existe una aceptación de la informalidad por parte de las autoridades tributarias, de tal suerte que la ley exonera del pago del Impuesto al Valor Agregado (IVA) a los vendedores al menudeo de carnes, verduras, frutas, cereales, legumbres, granos básicos y otros. Pequeños productores que son informales-legales, por expresarlo de una forma, entran en acuerdos comerciales, perfectamente éticos, con empresas formales. Los primeros no tienen que facturar, pero los segundos deben dejar un minucioso rastro de sus transacciones comerciales de cara a la Superintendencia de Administración Tributaria (SAT). Genera un área gris en materia fiscal el encuentro entre la informalidad-legalizada y la formalidad.

Cada cierto tiempo, los medios de comunicación anuncian que tal o cual empresa “defraudó al fisco”. Claro que existen unos mercantilistas corruptos que deliberadamente cometen actos reñidos con la ley. Sin embargo, un gran número de las supuestas defraudaciones tienen su origen en la dualidad legal mencionada arriba, así como en actividades comerciales realizadas varios años atrás, cuando regían reglas tributarias distintas. Como señaló claramente el presidente de la Comisión Exportadora de Cardamomo, Jorge Mario del Cid, “la suposición de la SAT es que como no encuentra al sector informal, va por el sector formal”.

Según Antonio Malouf de la Asociación Guatemalteca de Exportadores (Agexport), el cardamomo es producido por más de 300 mil pequeños agricultores. Obviamente, las mediáticas intervenciones de los “grandes peces” repercutirán negativamente en la cadena completa: en los acusados, los intermediarios y los pequeños productores.

El tono de algunas fuentes noticiosas es francamente antiempresa. Retratan a personas laboriosas como Ricos MacPatos aferrados a dinero mal habido que, a su juicio, merece (¿por qué?) ir a dar al fondo común del Gobierno. ¡Embadurnan a quienes han labrado diligentemente su patrimonio, que incluye, por cierto, su buena reputación, llamándolos defraudadores! En realidad, muchos de los tributarios desean operar en la legalidad e incluso alertaron a las autoridades sobre inconsistencias y dificultades regulatorias. Muchos de los perseguidos colaboraron con la lucha anticorrupción y dieron el beneficio de la duda a las autoridades entrantes.

Ruego a los medios de comunicación y a las autoridades competentes que otorguen a los pequeños y grandes empresarios honorables, quienes sirven a todo el país, el trato que justamente les corresponde. En el largo plazo, para incrementar los ingresos tributarios, es preferible fomentar el crecimiento económico, antes que inmolar a una pequeñísima base tributaria.

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