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Dos divorciadas estadounidenses en la Casa Real británica

18 mayo, 2018 Agence France-Presse

Meghan Markle entra en la familia real británica en circunstancias radicalmente distintas a la última estadounidense en hacerlo, Wallis Simpson, un nombre que aún provoca escalofríos en el palacio de Buckingham.

Aunque ambas son estadounidenses y divorciadas, los tiempos han cambiado, y mucho. Mientras que la presencia de Simpson amenazó con hundir a la monarquía, la de Markle promete revitalizarla.

El rey Eduardo VIII se vio obligado a abdicar en 1936, a los pocos meses de acceder al trono, para casarse con Simpson, un hecho que hizo tambalear la estabilidad nacional en los años que precedieron a la Segunda Guerra Mundial.

La sombra de aquel suceso es difícil de ignorar ante la boda de Markle y Enrique este 19 de mayo en la iglesia de San Jorge, ubicada en el castillo de Windsor, la misma donde tuvieron lugar los funerales de Simpson en 1986.

Wallis Simpson. Foto/ Wikipedia

La que fue duquesa de Windsor está enterrada junto a su marido en el cementerio real de Frogmore House, la mansión en la que Enrique y Meghan celebrarán una fiesta la noche de su boda.

Para el escritor especialista en la monarquía Andrew Morton, el efímero rey Eduardo VIII debe estar «revolviéndose en su tumba» ante este enlace, pues en circunstancias similares el suyo le costó la corona.

Morton, quien ha publicado biografías de Wallis y de Markle, comparó a la integrante de la alta sociedad de Baltimore con la actriz de Los Ángeles, cuya madre es afrodescendiente.

«La familia de Wallis había tenido esclavos, en vez de ser esclavos», sentenció Morton a la AFP, en referencia a los antepasados maternos de Markle.

Eduardo y Wallis «se hubieran quedado atónitos ante la transformación de la monarquía británica en los últimos 80 años».

Una bienvenida glacial

La poderosa influencia que Wallis ejercía sobre Eduardo inquietó profundamente a la familia real. Se la consideraba inaceptable como reina, tanto desde la perspectiva social y moral, como de la religiosa.

Si Eduardo se hubiera casado con ella desoyendo al primer ministro, el gobierno hubiera tenido que dimitir y habría estallado una crisis constitucional. Finalmente, Eduardo abdicó y la pareja contrajo nupcias en un castillo de Francia en 1937.

Su visita aquel año a la Alemania nazi y su encuentro con Adolfo Hitler profundizó la reticencia hacia la pareja y alimentó la percepción de que simpatizaban con el régimen fascista. Su vida en las afueras de París, animada por las fiestas de sus amigos millonarios, fue un retiro dorado que, no obstante, puso en evidencia la marginación impuesta por la monarquía británica.

Foto/AFP.

Las relaciones con la familia real nunca se recuperaron del todo y las visitas al Reino Unido fueron escasas. La institución monárquica decidió aceptar la abdicación de Eduardo por razones prácticas, pues prolongar la situación solo la hubiese resquebrajado.

Sin embargo, lejos de la visión romántica que inspiró en el mundo, consideró la abdicación como el gesto egoísta de un heredero a la Corona que escogió rehuir a sus obligaciones en una Europa convulsa y al borde de la guerra.

Su sucesor, el rey Jorge VI, procuró que la monarquía fuese todo lo contrario: un trabajo duro y a tiempo completo. Esta filosofía se la transmitió a su hija, la actual reina Isabel II, de 92 años, para quien la palabra «abdicación» es un insulto.

A los 36 años, Markle ya sabe lo que es el servicio público, pues fue embajadora de la ONU para los derechos de las mujeres y también representante de la agencia de cooperación internacional canadiense, además de haber realizado una pasantía en la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires.

«Podía haber sido diplomática, política, abogada», explicó Morton.

«Meghan está, sin duda, preparada para la familia real; lo ha demostrado», augura el biógrafo.

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